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Soy Eduardo Requena, tengo 38 años, vengo de Barcelona, Estado Anzoátegui, al Noreste de Venezuela y actualmente vivo en Temuco, Sur de Chile.
Llegué a Temuco una fría mañana de octubre de 2017, luego de meses de análisis, pues ya la situación Político – Social en Venezuela era insostenible.

La dolorosa idea de haber dejado mi país y emprender un largo viaje de más de 5000 km, fue para poder darle a mi familia estabilidad social y una mejor calidad de vida (educación, salud, seguridad, entre otros).

En comparación con muchos migrantes, afortunadamente y gracias al apoyo de un gran amigo, llegué con una oportunidad laboral entre las manos. Aunque eso no hizo que la situación fuera difícil; en muchas ocasiones trabajaba hasta los fines de semana para tener un dinerito extra para poder enviar dinero a Venezuela, así que no había tiempo ni siquiera para salir a caminar. Por otro lado, debía adaptarme a las normas, leyes y procedimientos de este país. Obviamente para mi todo era nuevo, desde caminar por la calle y no por la carretera, detenerse en la luz roja para peatones, continuar con prudencia en el paso de cebra, pagar al subirse al transporte público y lo más jocoso era acostumbrarse a que todo funcionara de la mejor manera, como en mi Venezuela de los años 90’.

La principal tarea de un migrante es tener la documentación legal, el cual fue un proceso largo y tedioso pero satisfactorio, dado que en marzo de 2018 ya tenía mi cédula de Identidad. Ahí fue que pude abrir mi cuenta en el Banco y ser un ciudadano residente.

Al pasar el tiempo fui conociendo a más personas chilenas, que me abrieron las puertas de sus casas, dejándome ser un miembro más de su familia. Y así también, llegaron nuevas oportunidades de empleo. Siempre con una sonrisa en el rostro, tratando de ocultar ese vacío que todo migrante lleva a cuestas.

Hay unas preguntas muy típicas dentro de la población chilena cuando conversa con un extranjero, en este caso un venezolano: “Extrañas a tu país?, ¿Qué es lo que más extrañas?, ¿Volverías a tu país?”, no se trata de preguntas xenófobas sino de mucha empatía. Las respuestas… después de un gran silencio, con las manos frías, el pecho apretado, los labios oprimidos y dándole ánimos al cerebro y al corazón para que no decaigan ante tales peguntas, y después de un gran suspiro (todo esto sucede en fracciones de segundos) respondo con una gran sonrisa: “TODOS LOS DIAS SUEÑO CON VOLVER A MI TIERRA”.

Venir de mi país siendo una persona conocida en muchos ámbitos, social, cultural, deportivo y financiero, y llegar a Chile siendo un completo desconocido, significó un gran costo; puesto que debes dejar atrás todo lo que lograste construir al pasar de los años con mucho esfuerzo y empezar prácticamente de 0. Aquí no hay tías, primos, sobrinos o compadre donde ir a visitar un sábado o un domingo para   hacer un asadito.

El venezolano por cultura es muy apegado a las tradiciones familiares, ya sea cumpleaños, bautizos, etc… sin embargo, los primeros 6 meses me tocó pasar muchas de estas celebraciones junto a una cama y un teléfono, porque ni siquiera televisión tenía, aprendiendo a cambiar visitas por videollamadas, a sustituir abrazos por stickers y sonreír para no llorar (esta última la más difícil para todo migrante)

“SERAS FELIZ DIJO LA VIDA, PERO PRIMERO TE ENSEÑARÉ A SER FUERTE”

Sí que aprendí a tener fortaleza, empatía, conciencia y mucho más apego a la responsabilidad para poder ver la felicidad: la llegada de mi familia, mi esposa Adriana y mis hijos Mariana y Manuel.

 No es posible describir cuanta alegría invadió mi humanidad en ese momento, después de horas de espera en el aeropuerto y ver que no pasaban por migración; hasta qué al fin, después de 6 meses pude abrazarlos y besarlos, tal como los abracé y los besé cuando me tocó despedirme de ellos en Venezuela. Ya con el alma al cuerpo, como decimos jocosamente, el camino debía continuar y ahora con mucha más responsabilidad ya que había una familia que mantener.

Gracias al ser supremo que siempre me ha blindado con una actitud enorme para afrontar las adversidades, con una sonrisa por delante y el pecho erguido.

Así pasaron los años, increíblemente en agosto de 2021 se cumplen 4 años desde mi llegada a este hermoso país. Soñando algún día volver y abrazar a mis seres queridos en Venezuela.

Amigo Chileno, ser migrante no es una aventura, no es un paseo al lago, ni menos una estadía en una cabaña. Ser migrante es una decisión por necesidad, por buscar calidad de vida y darle a su familia estabilidad.

Un migrante tiene su cuerpo en el país donde reside, pero su mente siempre estará en su país de origen, un migrante no te quiere quitar el trabajo, un migrante necesita de una oportunidad laboral para subsistir. Un migrante no vino para quedarse…

Un migrante es solo un estado temporal…

A todas esas personas que me apoyaron y ayudaron a mantenerme con salud, para tener mucha fuerza y unión con mis familiares. Gracias!

Gracias también a un gran amigo chileno que desde el primer día de mi llegada me apoyo y aún sigue siendo “el Tío Tomás”

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